No quiero volver a escribir de él o para él.
Escribir sobre él signfica pensarlo, saborearlo y no quiero hacerlo más.
Quiero sacarlo por completo de mi vida, de la misma forma en que entró, como una rafaga de viento intensa y arrebatadora.
No quiero pensar o esperar las probabilidades del mañana, quiero vivir mi presente, este instante donde sé que no lo tengo.
Pero ni este instante es suficiente, porque pienso no pensarlo, escribo no escribirle, siento no querer sentirlo, espero no esperarlo, odio no odiarlo, olvido el olvidarlo, sueño en no soñarlo más.
Cuando la mente y el corazón discuten uno sufre, pero cuando la mente y el corazón están de acuerdo, pero todo lo demás está en su contra, es desgarrador el dolor.
No es un dolor desesperado y ansios, ya no más.
El dolor que ahora me produce es como un grito ahogado que es imperceptible al oido.
El dolor tranquilo es el peor, pues no puedes dejar de sentirlo, se convierte en algo más en tu ser.
No te amarga, ni te hace buscar el suicidio, no te trae la ira, el odio o el rencor, no te lleva hasta la locura.
El dolor tranquilo es mucho peor, te hace quererlo, Sí! te hace quererlo cada día más.
No es masoquismo, porque nunca lo vez como un bien o como algo bueno.
Es un dolor que te da vida y te la quita.
Que te hace vivir engañandote como si no ocurriera nada.
Que te vuelve inmune al sufrimiento propio y más sensible cada insante al ajeno.
Ese dolor al que no te resignas, pero no puedes cambiarlo, que te come y te vomita.
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